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Skhizein

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Be my lie

─¿Sabes? La vida vale pura chingada hagas lo que hagas. Todo el mundo quiere ahogarte en sus pedos aunque trates de evitarlo.

─No chingues, güera. Ya bájale. Si quieres te llevo, eso no es problema ─contestó García. Él pensaba de las mujeres que le habían esperado tras una botella: su madre (la más importante, quizá, pero la más muerta); su abuela (fanática del rompope con pasas); su primera novia (de descendencia AA); su tía (catadora por profesión, borracha por gusto); y ahora Lucía, perdida entre vasos.

─¡A mí me llevas pura madre, puerco! ─dijo ella, sacándolo de su trance al vaciar la mezcalera en su cara.

El aire de la cantina apestaba a cigarro y humedad. Su escena provocó algunas risas en las mesas aledañas, pero, en general, las personas tenían la cabeza hundida en sus tragos. García frunció un poco los labios, se levantó con calma, sacó un billete de la cartera que dejó caer y, de una bofetada, tumbó a su pareja junto con el pequeño ejército de vasos acompañándola en el camino.

─¡A ver, a ver, puto! Esas chingaderas son para la casa ¡sácate de aquí con todo y vieja! ─pronunció el hombre tras la barra, quien ya lo señalaba con un tubo de cañería medio oxidado, dispuesto a usarlo. Concluía una mala noche más.

García sonrió con cinismo, levantando la mesa y su chamarra del suelo. Salió por la puerta evitando las ocasionales miradas de odio, entró a su auto y pisó el acelerador a fondo. El calor veraniego era apenas soportable sin el aire acondicionado y ni siquiera llevaba dinero suficiente para comprar las caricias de alguna matrona.

─Una más, una menos. No sobran ni hacen falta, hombre ─decía para sí, manejando en dirección a casa.

Mientras tanto, aún en la cantina, Lucía era atendida por un residente de medicina empecinado en probar sus conocimientos.

─¿Y… dónde dices te duele? ¡Ah, la cara! ¿Verdad?

─Sí. Toda la cara me duele: caí de frente y me pusieron un chingadazo de máscara.

─Ajá. Ya veo. Pero dices que también te sientes mareada ¿no? ─. El joven emanaba un aroma a látex húmedo, medio borracho, producto de lo reunido en la semana durante sus prácticas y al golpear cuatro asientos de cerveza consecutivos.

─Sí, estoy segura. Pero creo que la razón es obvia: me golpeé al bajar la mesa con los dientes ─acariciaba su perfil, conteniendo las lágrimas sin saber por qué elegía siempre a semejantes mierdas por pareja.

─Sí, sí, sí… creo que unas aspirinas serán lo mejor que pueda recomendarte. Y tal vez unos hielitos te ayudarían a bajar la hinchazón.

Usted tiene: dos mensajes nuevos. Mensaje uno: ¡Sobrinito adorado! ¿Cómo has estado, hijo? Espero que bien. Llamaba para invitarte al cumpleaños de tu sobrino. Ni idea tienes de cuánto nos gustaría verte otra vez. Espero tu llamada. ¡Saludos! Mensaje eliminado. Mensaje dos:Hola García, soy Yajaira. ¿Te acuerdas? Ojalá que sí, yo te sigo pensando. Llámame, tal vez podamos divertirnos otra vez. Mensaje eliminado. Usted tiene cero mensajes nuevos. Encendió la televisión y se quedó profundamente dormido.

Lucía, desvelada, cruda y triste, subió descalza a su departamento al salir del taxi. Abrió las chapas, empujó la puerta con pesadez y vio a su gato contemplando las primeras horas de fosforescencia matutina desde el alfeizar. Tomó una ducha fría que disminuyó casi por completo la hinchazón, dejándole un corte ínfimo en el pómulo, producto de un anillo delgado que ni ella notó en un principio. Se vistió con una falda gris y una camisa con holanes; bebió un poco de agua con aspirinas y antiácidos se dirigió al trabajo.

García despertó con un dolor leve en el dorso de la mano. Decidió que ese domingo iría a misa para estar en paz con Dios pues temía llegar arriba con el corazón pesado. Tomó un baño y se vistió para dirigirse a la iglesia.

─Hijo mío, Dios entiende tus actos, sólo procura discernir a la próxima. Te absuelvo de tus pecados: reza cuatro padres nuestros y dos Ave Marías. Puedes ir en paz.

─¡Lucha, te he dicho que me digas dónde y yo llego! Por no escucharme lo que te pasa, ya ves ─bramó su vecina de cubículo.

─Gracias por el apoyo, Carla. Alivias mis penas como no tienes idea ─dijo Lucía.

─Me encabrona que existan todavía esos idiotas en pleno siglo XXI ─. Una anciana de lentes gruesas y un vestido con flores, asentía conforme avanzaba la discusión entre asesoras.

─Sí hija, mejor cuídate porque andan levantándonos mucho la mano.

─Ya ves, aquí la señora Luzma tiene toda la razón del mundo. Así que, si te dejas, la única culpable serás tú y no ese amasijo de borrachos que tanto te gusta.

─Siento que tienes razón, pero no hay nada que pueda hacer.

─¡Cómo no! Mide tus copitas y verás cómo te dejan de maniatar los borrachos, chula.

─Sí, escucha a tu amiga, hija. Sabe lo que dice ─respondió doña Luzma volviendo de su letargo senil.

–Mira, hasta doña Luz me da la razón, imagínate.

─Muy bien, señora Luzma y señora Carla. Frente a ustedes, prometo hacerlo en adelante, para que vean que es en serio.

─¿Le cree señora Luzma?

. Bueno, ¿tía? Llamaba para decirte que no voy a poder ir. Ese día tengo la entrevista del banco que quiere contratarme como consultor. Lo siento mucho. Sabes que me encantaría estar con ustedes, pero no alcanzo a acomodarme. Mejor otro día con más calma. Márcame para vernos otra fecha. Saludos y felicitaciones. Espero verlos pronto.

»Usted tiene cero mensajes nuevos. Hola soy Yajaira, ahorita no estoy, pero, si quieres, puedes decirme algo bonito y te marco de vuelta. Bye.

─“No hacen falta” Sí, Chucha, ¿y tus calzones?

─¿Qué tal? He revisado su currículum y creo que encaja perfectamente con el perfil que buscábamos: alguien con experiencia (su tía consiguió todos los trabajos que alguna vez tuvo), capacidad moral (Lucía de noche), y, en general, alguien que pondrá en alto a esta empresa. ¡Caramba, García! No me queda decir más que el empleo es suyo.

─¡Licenciado, gracias! ¡No se arrepentirá!

─Eso espero, García. Ahora venga, le mostraré el lugar. Aquí estarás libre la mayoría del tiempo. Pero en cuanto te necesite, deberás venir la jornada completa.

─Claro, licenciado. Será un placer. Estoy ansioso por apoyarlos cuanto pueda.

Lucía había dormido profundamente. Al sonar la última alarma del despertador, esa que indicaba no su despertar, sino su partida para apenas llegar a tiempo. Recordó así cuánto molestaba a su jefe que llegara tarde. Lavó sus dientes, se bañó a prisa, puso una camisa blanca y su falda en su cuerpo medio mojado y salió disparada hacia la oficina. Por obvias razones, aunadas a no tener auto, tomó taxi.

En el transporte, una voz resonó el camino entero, a veces evocando una sonrisa con sus exageraciones, otras muchas hastiándola a morir. Una sola frase le quedó botando al bajar a trompicones al interior del banco.

El azar es la metáfora perfecta, de quien busca inspiración en la tristeza.

La metáfora perfecta ocurrió en una mirada cuando García.

 

 

Texto publicado en la edición 23/03/2014 del suplemento cultural Identidad, del periódico El Mexicano

El antropófago ─ Pablo Palacio

Allí está, en la Penitenciaria, asomando por entre las rejas su cabeza grande y oscilante, el antropófago. Todos lo conocen. Las gentes caen allí como llovidas por ver al antropófago. Dicen que en estos tiempos es un fenómeno. Le tienen recelo. Van de tres en tres, por lo menos, armados de cuchillas, y cuando divisan su cabeza grande se quedan temblando, estremeciéndose al sentir el imaginario mordisco que les hace poner carne de gallina. Después le van teniendo confianza; los más valientes han llegado hasta provocarle, introduciendo por un instante un dedo tembloroso por entre los hierros. Así repetidas veces como se hace con las aves enjauladas que dan picotazos.
Pero el antropófago se está quieto, mirando con sus ojos vacíos.Algunos creen que se ha vuelto un perfecto idiota; que aquello fue sólo un momento de locura.Pero no les oiga; tenga mucho cuidado frente al antropófago: estará esperando un momento oportuno para saltar contra un curioso y arrebatarle la nariz de una sola dentellada.
Medite Ud. en la figura que haría si el antropófago se almorzara su nariz.¡Ya lo veo con su aspecto de calavera! ¡Ya lo veo con su miserable cara de lázaro, de sifilítico o de canceroso! ¡Con el unguis asomando por entre la mucosa amoratada! ¡Con los pliegues de la boca hondos, cerrados como un ángulo! Va Ud. a dar un magnífico espectáculo. Vea que hasta los mismos carceleros, hombres siniestros, le tienen miedo. La comida se la arrojan desde lejos. El antropófago se inclina, husmea, escoge la carne -que se la dan cruda-, y la masca sabrosamente, lleno de placer, mientras la sanguaza le chorrea por los labios. Al principio le prescribieron dieta: legumbres y nada más que legumbres; pero había sido de ver la gresca armada. Los vigilantes creyeron que iba a romper los hierros y comérselos a toditos. ¡Y se lo merecían los muy crueles!
¡Ponérseles en la cabeza el martirizar de tal manera a un hombre habituado a servirse de viandas sabrosas!
No, esto no le cabe a nadie. Carne habían de darle, sin remedio, y cruda. ¿No ha comido usted alguna vez carne cruda? ¿Por qué no ensaya? Pero no, que pudiera habituarse, y esto no estaría bien. No estaría bien porque los periódicos, cuando usted menos lo piense, le van a llamar fiera, y no teniendo nada de fiera, molesta. No comprenderían los pobres que el suyo sería un placer como cualquier otro; como comer la fruta en el mismo árbol, alargando los labios y mordiendo hasta que la miel corra por la barba. Pero ¡qué cosas! No creáis en la sinceridad de mis disquisiciones. No quiero que nadie se forme de mí un mal concepto; de mí, una persona tan inofensiva. Lo del antropófago sí es cierto, inevitablemente cierto.
El lunes último estuvimos a verlo los estudiantes de Criminología. Lo tienen encerrado en una jaula como de guardar fieras.¡Y qué cara de tipo! Bien me lo he dicho siempre: no hay como los pícaros para disfrazar lo que son. Los estudiantes reíamos de buena gana y nos acercamos mucho para mirarlo. Creo que ni yo ni ellos lo olvidaremos. Estábamos admirados, y ¡cómo gozábamos al mismo tiempo de su aspecto casi infantil y del fracaso completo de las doctrinas de nuestro profesor!
-Véanlo, véanlo como parece un niño -dijo uno.
-Sí, un niño visto con una lente.
-Ha de tener las piernas llenas de roscas.
-Y deberán ponerle talco en las axilas para evitar las escaldaduras.
-Y lo bañarán con jabón de Reuter.
-Ha de vomitar blanco.
-Y ha de oler a senos.
Así se burlaban los infames de aquel pobre hombre que miraba vagamente y cuya gran cabeza oscilaba como una aguja imantada. Yo le tenía compasión.
A la verdad, la culpa no era de él. ¡Qué culpa va a tener unantropófago! Menos si es hijo de un carnicero y una comadrona, como quien dice del escultor Sofronisco y de la partera Fenareta. Eso de ser antropófago es como ser fumador, o pederasta, o sabio. Pero los jueces le van a condenar irremediablemente, sin hacerse estas consideraciones. Van a castigar una inclinación naturalísima: esto me rebela. Yo no quiero que se proceda de ninguna manera en mengua de la justicia. Por esto quiero dejar aquí constancia, en unas pocas líneas, de mi adhesión al antropófago. Y creo que sostengo una causa justa. Me refiero a la irresponsabilidad que existe de parte de un ciudadano cualquiera, al dar satisfacción a un deseo que desequilibra atormentadoramente su organismo.Hay que olvidar por completo toda palabra hiriente que yo haya escrito en contra de ese pobre irresponsable. Yo, arrepentido, le pido perdón. Sí, sí, creo sinceramente que el antropófago está en lo justo; que no hay razón para que los jueces, representantes de la vindicta pública… Pero qué trance tan duro… Bueno… lo que voy a hacer es referir con sencillez lo ocurrido… No quiero que ningún malintencionado diga después que soy yo pariente de mi defendido, como ya me lo dijo un Comisario a propósito de aquel asunto de Octavio Ramírez.
Así sucedió la cosa, con antecedentes y todo: En un pequeño pueblo del Sur, hace más o menos treinta años, contrajeron matrimonio dos conocidos habitantes de la localidad: Nicanor Tiberio, dado al oficio de matarife, y Dolores Orellana, comadrona y abacera. A los once meses justos de casados les nació un muchacho, Nico, el pequeño Nico, que después se hizo grande y ha dado tanto qué hacer. La señora de Tiberio tenía razones indiscutibles para creer que el niño era oncemesino, cosa rara y de peligros. De peligros porque quien se nutre por tanto tiempo de sustancias humanas es lógico que sienta más tarde la necesidad de ellas. Yo desearía que los lectores fijen bien su atención en este detalle, que es a mi ver justificativo para Nico Tiberio y para mí, que he tomado cartas en el asunto. Bien. La primera lucha que suscitó el chico en el seno del matrimonio fue a los cinco años, cuando ya vagabundeaba y comenzó a tomársele en serio. Era a propósito de la profesión. Una divergencia tan vulgar y usual entre los padres, que casi, al parecer, no vale la pena darle ningún valor.
Sin embargo, para mí lo tiene.
Nicanor quería que el muchacho fuera carnicero, como él. Dolores opinaba que debía seguir una carrera honrosa, la Medicina. Decía que Nico era inteligente y que no había que desperdiciarlo. Alegaba con lo de las aspiraciones -las mujeres son especialistas en lo de las aspiraciones. Discutieron el asunto tan acremente y tan largo que a los diez años no lo resolvían todavía. El uno: que carnicero ha de ser; la otra: que ha de llegar a médico. A los diez años Nico tenía el mismo aspecto de un niño; aspecto que creo olvidé de describir. Tenía el pobre muchacho una carne tan suave que le daba ternura a su madre; carne de pan mojado en leche, como que había pasado tanto tiempo curtiéndose en las entrañas de Dolores. Pero pasa que el infeliz había tomádole serias aficiones a la carne. Tan serias que ya no hubo que discutir: era un excelente carnicero. Vendía y despostaba que era de admirarlo. Dolores, despechada, murió el 15 de mayo de l906 (¿Será también este un dato esencial?). Tiberio, Nicanor Tiberio, creyó conveniente emborracharse seis días seguidos y el séptimo, que en rigor era de descanso, descansó eternamente. (Uf, esta va resultando tragedia de cepa).
Tenemos, pues, al pequeño Nico en absoluta libertad para vivir a su manera, sólo a la edad de diez años. Aquí hay un lago en la vida de nuestro hombre. Por más que he hecho, no he podido recoger los datos suficientes para reconstruirla. Parece, sin embargo, que no sucedió en ella circunstancia alguna capaz de llamar la atención de sus compatriotas. Una que otra aventurilla y nada más. Lo que se sabe a punto fijo es que se casó, a los veinticinco, con una muchacha de regulares proporciones y medio simpática. Vivieron más o menos bien. A los dos años les nació un hijo, Nico, de nuevo Nico. De este niño se dice que creció tanto en saber y en virtudes, que a los tres años, por esta época, leía, escribía, y era un tipo correcto: uno de esos niños seriotes y pálidos en cuyas caras aparece congelado el espanto. La señora de Nico Tiberio (del padre, no vaya a creerse que del niño) le había echado ya el ojo a la abogacía, carrera magnífica para el chiquitín. Y algunas veces había intentado decírselo a su marido. Pero éste no daba oídos, refunfuñando. ¡Esas mujeres que andan siempre metidas en lo que no les importa!
Bueno, esto no le interesa a Ud.; sigamos con la historia:
La noche del 23 de marzo, Nico Tiberio, que vino a establecerse en la Capital tres años atrás con la mujer y el pequeño -dato que he olvidado de referir a su tiempo se quedó hasta bien tarde en un figón de San Roque, bebiendo y charlando. Estaba con Daniel Cruz y Juan Albán, personas bastante conocidas que prestaron,con oportunidad, sus declaraciones ante el Juez competente. Según ellos, el tantas veces nombrado Nico Tiberio no dio manifestaciones extraordinarias que pudieran hacer luz en su decisión. Se habló de mujeres y de platos sabrosos. Se jugó un poco a los dados. Cerca de la una de la mañana, cada cual la tomó por su lado. (Hasta aquí las declaraciones de los amigos del criminal. Después viene su confesión, hecha impúdicamente para el público). Al encontrarse solo, sin saber cómo ni por qué, un penetrante olor a carne fresca empezó a obsesionarlo. El alcohol le calentaba el cuerpo y el recuerdo de la conversación le producía abundante saliveo. A pesar de lo primero, estaba en sus cabales. Según él, no llegó a precisar sus sensaciones. Sin embargo, aparece bien claro lo siguiente:Al principio le atacó un irresistible deseo de mujer. Después le dieron ganas de comer algo bien sazonado; pero duro, cosa de dar trabajo a las mandíbulas. Luego le agitaron temblores sádicos: pensaba en una rabiosa cópula, entre lamentos, sangre y heridas abiertas a cuchilladas. Se me figura que andaría tambaleando, congestionado. A un tipo que encontró en el camino casi le asalta a puñetazos, sin haber motivo. A su casa llegó furioso. Abrió la puerta de una patada. Su pobre mujercita despertó con sobresalto y se sentó en la cama. Después de encender la luz se quedó mirándolo temblorosa, como presintiendo algo en sus ojos colorados y saltones. Extrañada, le preguntó:
-¿Pero qué te pasa, hombre?
Y él, mucho más borracho de lo que debía estar, gritó:
-Nada, animal; ¿a ti qué te importa? ¡A echarse!
Mas, en vez de hacerlo, se levantó del lecho y fue a pararse en medio de la pieza.
¿Quién sabía qué le irían a mentir a ese bruto? La señora de Nico Tiberio, Natalia, es morena y delgada. Salido del amplio escote de la camisa de dormir, le colgaba un seno duro y grande.Tiberio, abrazándola furiosamente, se lo mordió con fuerza. Natalia lanzó un grito. Nico Tiberio, pasándose la lengua por los labios, advirtió que nunca había probado manjar tan sabroso. ¡Pero no haber reparado nunca en eso! ¡Qué estúpido! ¡Tenía que dejar a sus amigotes con la boca abierta! Estaba como loco, sin saber lo que le pasaba y con un justificable deseo de seguir mordiendo. Por fortuna suya oyó los lamentos del chiquitín, de su hijo, que se frotaba los ojos con las manos. Se abalanzó gozoso sobre él; lo levantó en sus brazos, y, abriendo mucho la boca, empezó a morderle la cara, arrancándole regulares trozos a cada dentellada, riendo, bufando, entusiasmándose cada vez más. El niño se esquivaba y él se lo comía por el lado más cercano, sin dignarse escoger. Los cartílagos sonaban dulcemente entre los molares del padre. Se chupaba los dientes y lamía los labios.
¡El placer que debió sentir Nico Tiberio!
Y como no hay en la vida cosa cabal, vinieron los vecinos a arrancarle de su abstraído entretenimiento. Le dieron de garrotazos, con una crueldad sin límites; le ataron, cuando le vieron tendido y sin conocimiento; le entregaron a la Policía… ¡Ahora se vengarán de él! Pero Tiberio (hijo), se quedó sin nariz, sin orejas, sin una ceja, sin una mejilla. Así, con su sangriento y descabado aspecto, parecía llevar en la cara todas las ulceraciones de un Hospital.
Si yo creyera a los imbéciles tendría que decir: Tiberio (padre) es como quien se come lo que crea.

Ejercicio #5

Un gordo bastardo la besó en plena boca, como si fuera él un jumbo jet aterrizando y los labios de ella fueran una pista donde apenas y cabrían dos diminutas llantas de carreola que pudieran abrirse paso entre las minúsculas lineas en las que su carne se fruncía.

Él movió la lengua hacia arriba al sacar la primera estocada, lamiéndola desde detrás de los incisivos hasta dejar brillante su labio superior con la baba pudriéndosele por la cerveza oscura; todo con ambos pares de ojos cerrados en un gesto amoroso chapado a la antigua, ajenos de mis asquerosidades narrativas y las suyas físicas.

Fuera él, fuera ella, fuera el universo, los zapatos, el momento, la edad, las dudas, cómo lo cuento, cómo lo vemos, cómo no lo vi, si parpadee, la temperatura, las hormonas, el sudor, cuán altos, cuán raros, cuán felices se pensaron sumidos en la oscuridad, si fue una madre, un padre, un abuelo, la escuela, los otros, la otra quienes a tanto los orillaron… todo sucedió sin dar aviso ni razón.

Los senos de ambos compartían la caída suave, con su ángulo apenas abriéndose y dando cualidades de revista al par de pechos presionados uno contra el otro, uniendo cual puente a los corazones (puag, poesía) y a su calor exuberante bajo la ropa estampada con frases y diseños de tienda departamental a meses sin intereses, de diseñador malpagado pero creativo, clase mediero, mamón.

Un color cobrizo les arropó las bocas al coincidir en la segunda punzada, apenas dos párrafos después, casándolas bajo el rubor atomatado de las mejillas un poco infladas, no mucho, donde ella lo conocía a él sin tapujos, trabas o sinónimos otros; donde él la conocía a ella sabiéndola insuperable, única o cualquier clase de mujer y halago paralelo para adorno y gusto y no para mí, que soy testigo y que lo cuento.

Las mesas, todas, con botellas. Somos jóvenes pretenciosos, señor, señora, listos para adornar otros cuentos con nuestra violencia general escrita en la soledad de un cuarto, un baño, una regadera, o en este rato que puedo ver a dos besarse sin saber a ciencia cierta siquiera si ese sabor que se comparten guarda el aire medio pasado, gaseoso, reventado en el cuello de las botellas y escupido en besos lindos, de ficción, del que llevo tantas líneas describiendo.

Me volteo a mirar un par de mujeres, unos hombres, unas sillas, un no-sé-qué-cosa, la gente. La gente que no se puede separar jamás en individuos, pues, me digo. La gente, que a secas da de qué hablar regañandome con el cruce de narradores con quienes comparto ojos al mirarles la jeta puesta retándome, riendo, tomando. Diciendo “¿quién eres?”. Preguntando nuevamente “¿quién?”. Encogiéndose de hombros. Yo suspiro. Me chupo los dientes haciendo una mueca.

Una mano traviesa, la suya, que corre los kilómetros metafóricos comprendidos entre la espalda, casi los hombros, la espalda media y la espalda baja, donde estaciona su salchichonería dactilar. A ella lo mismo le da, si vamos a los hechos. Está feliz saboreando humano y no sueño o televisión. Le sigue el juego pero con los brazos a los costados, muerta dentro del cajón de su abrazo maltrecho, de principiante, de Romeo jodidillo, secundario.

Ellos se besan.

La toma, lo acepta, lo escribo.

No es el fin. No así.

Pero ya me harté.

161 Horas

Al encontrarme con una escalinata sin barandal, un precipicio sin protecciones, una ventana abierta por la cual sacar mi cabeza y de donde haya buena distancia entre mí y el suelo, me golpea un impulso irremediable. No es uno de observar la belleza en el mundo y ni siquiera de respirar profundo hasta inflamar mi pecho con aire.

En esos momentos en específico, es más bien el deseo de tomar un fuerte impulso hacia adelante y saltar al vacío, a fin de ver cómo caigo al suelo mientras la ropa me vuela. Una trayectoria kamikaze, si tuviera alguna convicción por la cual echarme al vacío.

Siento que, de hacerlo, me separaría en dos, con todo sucediendo sin que yo corra en realidad ningún peligro, pues uno de mis yos estaría mirando a la par mi descenso desde la seguridad del borde y el otro lo mismo, pero hacia la dureza del suelo.

Sentiría, a la vez, la extensión entera del cascaron anatómico en el aire mezclando su gravedad corriente con la desconocida, que contiene todo eso que sentiría correrme en la espina como mil escalofríos de decidirme a obedecer el ansia mencionada.

Mi familia ha obedecido esto misma suerte ya sin tantas vacilaciones, cabe mencionar. El mayor, arruinó el Volkswagen del vecino al enterarse que tenía cáncer y el otro hizo lo suyo por desamor. Como si alguien importara tanto para terminar pintando el pavimento con la frente desecha. Es más, incluso Gerardo no tiene excusas ni justificaciones: la medicina ha avanzado maravillas y bien podría haberlo intentado pasar algunas sesiones de radioterapia o quimioterapia o lo que fuera.

Aquellos eventos, se pueden dejar en calidad de días difíciles, no habré de mentir, pero lo más complicado fue ver cuánto pesó el luto sobre el ánimo de la familia. Demacrados es decir poco. Sobre todo si hablamos de Sofía, mi hermana.

Acudió a 2 funerales esa misma semana, la pobre: el primero de ellos con Lola, un viernes, y el segundo sin ella, el miércoles. Ambos igual de horribles, sólo que en el primero las lágrimas salían de ojos menos hundidos entre arrugas, más joviales, con futuro y la sensación de ser indestructibles y en el segundo, conocío cómo era llorar a un hermano perfectamente sano pero apendejado de amor, el cabrón.

Ahora bien, la pregunta que me hago es: si yo lo hiciera por lo que, a mi parecer, es mera curiosidad, ¿lo considerarían suicidio o locura?

Si el vértigo no me aparece por alto que vaya y el caer cada tanto es una característica en apariencia común y hereditaria, no veo razón para saciar mis dudas un día de estos.

Sé que, cuando me decida a cerrar los ojos mientras caigo ante el peso de mis huesos, la caída será lenta y podré sentirme en el ruido, las luces, las risas, los coches, la tos, los estornudos, la chingada y podré entonces saber por qué la maña de tirarse me tienta tanto.

162 Horas

—¿Cuál ha sido el momento más triste de tu vida?

Una idea rascó las paredes en mi mente con voracidad animal y comencé a ver, a través de las rendijas que abría, los pasajes que no se sepultaban por completo a pesar de olvidarlos una y mil veces.

Como fucilazos, me golpeaban los recuerdos reprimidos, inocentes, premeditados, todos agazapándose en una lágrima que se negaba a salir desde hace años.

Veía la tempestad venir sobre mí cada mañana al salir y cada noche al bañarme, viendo el espejo empañándose por el vapor, escondiendo mis miedos en su superficie nebulosa. Escondiendo, esa silueta deforme con la cual ensombrecía el suelo cuando la luz alargaba mi presencia, enguyendo las fisuras del concreto por donde el pasto crecía salvaje y sin reparo.

No me es extraño ahora notar cómo era segregado con la obesa morbilidad que andaba entonces. Era tal mi deformidad, que se cocían el sudor remojándome los pliegues de la carne, despidiendo un aroma nauseabundo al calentarse entre el asiento dichas gotas regadas en ropa, madera y piel. Esto, sólo empeorado por los impermeables que me ponía, y que aún uso en ocasiones, sin importarme el clima, generando un exceso mayor de secreciones.

Decían, al principio, que faltarían asientos en toda la escuela donde poder acomodar a un monstruo semejante, a fin que no fuera a caérseme el trasero del asiento y provocara yo (o él, no sé) algún accidente al hacerle zancadilla a los compañeros mucho más delgados o, en uno de sus su defectos más imaginativos, he de reconocer, que esta misma plasta comería entero a quien se le acercase.

Evitaba este contacto ponzoñoso metido en la pequeña biblioteca del lugar, donde ni el Otelo de Shakespeare ni un simple Carver se hallaban disponibles. Rajmánov, Leigh, Hughes, ninguno. Siquiera encontrar a Caldwell, pero lo mismo dio. Éramos yo, una barra de chocolate acaramelado escondida en la chamarra, tres cabezas agachadas por toda la sala y varios tomos de historia universal y compendios monográficos abiertos frente a mí en sincero aburrimiento.

Hubiera yo deseado ver los días en soledad pasar rápido entre la terminología académica, pero ni siquiera ahí tuve la satisfacción de ver cumplirse uno solo de mis sueños. Ni eso, y tampoco disfrutar el exilio auto inflingido cuanto tiempo me hubiese gustado. La gente, pues, la pinche gente.

Dicen que cuando las cosas en realidad quieren hacerse, con pasión, entrega y demás, uno hallará la manera cómo salir adelante por inverosímiles, desgastantes o ridículas que se presenten las opciones. Si las matemáticas se dificultan, las respuestas del de a lado son suficientes para suplir la ausencia de habilidad; si se quiere convertir uno a la política, las amistades valdrán más que cualquier clase de preparación y así sucesivamente.

Por ejemplo, si se quiere molestar al gordo de la clase, ningún rincón ocultará su paradero, ninguna piedra le dará sombra suficiente donde meter su gigantesco aroma a rancio y ninguna librería desolada le será lo suficientemente desconocida para esconderle los cachetes de cerdo entre libros abiertos.

Tardé varios días en quitarme por completo el marcador indeleble, otros pocos en aliviar el dolor, y un par de semanas más en dejar crecer el pelo, para arreglar los vestigios de la reciente catástrofe.

—(Suspiro) Discúlpe; ni siquiera yo estoy seguro.

Asintió, anotando mi respuesta en la libreta de su regazo.

Seguro a ella le mataba de risa encontrarme después de tantos años, ya sin tijeras con las cuales joderme pero sí con un trabajo pendiente de su aprobación que yo necesitaba.

163 Horas

Las horas del día se crearon para mantener la corriente eléctrica del cerebro a raya. Uno trabaja, uno se cansa, uno duerme, se despierta, reinicia. Es simple. Si no presenta ninguna afección, podemos asegurar, que se trata de un ciclo aparentemente sencillo si es visto a través del ojo común que no busca especificar química alguna.

Es por eso, también, que sufrir insomnio agrede a tal punto las capacidades cognitivas. En especial las mías.

Uno trabaja, se cansa, sigue decayendo a cada minuto dentro de una realidad en espiral, imaginándose los peores escenarios en que a uno pudiera asaltarle el sueño (si es que llega) y cuán feliz lo haría de jugarse la propia vida por el descanso, incluso.

Es sufrir de un vertigo terrible que impide mantenerse de pie mucho tiempo sin precipitarse al suelo, cayendo bajo el peso de los desgarres imaginarios producto de la musculatura decaída y en vela.

Mas, entre las pocas ventajas de mantenerse lúcido durante las madrugadas, puede contarse, que puede uno hallar entre el bullicio infinidad de voces escondidas a plena vista (u oído) en el clamor citadino. En parte, es esta de las razones por las cuales mi habitación carece de muebles;
el eco magnifica los timbres aún con la contaminación de los autos y la vida afuera.

La cama fue lo primero en irse, y la tiré algún tiempo atrás por serme, en realidad, inútil. Como ya he dicho, sufro de insomnio. Lo mismo ocurrió con la mesa; poco me vale tener una superficie alta, de talle pequeño burgués, lista para recibir a visitas inexistentes, si puedo, es su lugar, comer sobre el suelo que es mil veces más amplio y fácil de preparar con el ir y venir de la escoba, para inmediatamente poner los platos sobre él y disponerme a eliminar el hambre. Las ratas comen las sobras, los platos los puedo patear al bote y todos felices.

Esta desolación onírica de la cual hablo, es una condición presente a últimos años. Desde mis primeros gritos de hambre en cuna y hasta una actualidad no hace tanto manifestada, solía caer rendido en la misma extensión de una regla sin mayor inconveniente.

De los recuerdos de entonces, me encanta sentir aún el escalofrío suscitado al imaginar el yacer entre las sábanas, con la radio como único decoro auditivo de la habitación, oyendo el paso de la música mientras quedaba sumido en un sueño profundísimo, del cual despertaba con un ánimo jovial a devorar el mundo.

Decaído como estoy ahora, no represento sino la sombra del yo antiguo; desgañitado, proclive a reacciones violentas, parco en facciones afiladas producto del apetito disminuido y una serie de rasgos en aumento que me llevan a no saber cómo iré a verme a la mañana siguiente de seguir así.

Han pasado 324 horas desde mi último sueño.

He hablado de esta “cruz” con la cual cargo con algunas personas que se mantienen cercanas, y de cuyas respuestas y gestos me hacen pensar en que la única conclusión posible es que pierdo la razón y el tiempo al no tratar con especialistas serios, sino con mitos y remedios corrientes para situaciones extraordinarias, inmutables ante el gordolobo, las tizanas o el valium.

¿Qué podría hacer, pues, un hombre bajo condiciones semejantes, pregunto?

En este caso, quisiera aclarar que hace tiempo ya no me considero una víctima, sino, más bien alguna clase de profeta evangelista. Las voces resuenan al botar su timbre en las paredes, manchándolas con palabras ennegrecidas por la gasolina quemada en los escapes, por los gritos silentes del pueblo siendo robado, de los amaneceres manchados, los cuerpos calientes, las grietas abriéndose paso entre los cimientos.

¿Quién podría, sino yo, relatar historias semejantes, contadas a veces por farolas, otras por el viento mismo, de objetos sobre cuyos cuerpos se han querido y despreciado infinidad de hombres, mujeres y desconocidos que van por la vida creyendo al mundo circundante inanimado, cuando es, en realidad, el único que escucha y mira cuanto le es posible?